De fuera a dentro

Esto es la soledad, no es una imagen de la soledad o metáfora de la soledad, o símbolo. No, es la soledad, un calcetín colgado de una pinza de madera sobre una cuerda verde y sin nada alrededor, solo y suspendido en el vacío. A veces nos cuesta ver lo que hay en una imagen artística porque nuestra mirada se complica con cosas, con saberes, con metáforas. Es un error, hay que mirar con los ojos siempre limpios y disfrutar lo mirado, demorarse en los detalles, en los colores, en el fondo, sin ir más allá ni más acá. Pero es imposible, y además necesario que lo sea. Si ese es el encuadre, la figura, el fondo y los colores, si es así es porque la fotógrafa ha querido contarnos algo, ir más allá, extender la mirada de fuera a dentro, y sacarnos una historia, un sentir, un decir. Entonces ves a un ser frágil, una mariposa, una niña que llora, una joven frívola, alguien que se debate en el abismo, alguien que pende de una pinza, un vacío que amenaza, un aire enrarecido, una luz que no llega, una madre cotidiana que solo tiende, sin poesía pero con una realidad transparente, una abuela tierna que tiende y recupera de las cenizas de su memoria unos calcetines que le salvaron muchos inviernos. Sí, la fotógrafa no ha querido que nos complazcamos en las formas, los colores, las texturas, el encuadre, la luz. No, la fotógrafa ha querido que viajemos de fuera a dentro y busquemos con ojos interiores lo que inevitablemente tejen las emociones, la poesía, lo saberes y el tiempo que ha quedado en el cedazo de la memoria. Entonces, ¿es la soledad o símbolo de la soledad?

Jose Aurelio Martín

A OSCURAS

El perfil de una ciudad resulta interesante cuando es irregular. Nueva York, Shangai, Sidney. Son perfiles con subidas pronunciadas como violentos dientes de sierra. El perfil de la una ciudad es la mejor expresión de sí misma. Cuanto más irregular más contraste y violencia social; cuanto más regular, más adocenamiento, más atonía.

El paisaje de la imagen va descenciendo aplastado por un cielo lívido y contaminado, engullido por un descampado verde que recuerda de donde venimos. El punto de vista ha querido que ese fragmento verde tome un protagonismo que nadie, salvo una mirada concernida, le daría. Nos acostumbran a ver las cosas de una determinada manera y nos olvidamos de mirar. Mirar implica detenerse, completar lo visto con otros sentidos. Por eso mirar es llegar a un significado y ver no; es la misma diferencia entre leer y leer sabiendo lo que se lee. Ese paisaje se puede leer repitiendo los signos como loros: esto es un campo verde, esto es una fila de edificios, esto es un cielo pálido, pero el punto de vista te obliga a leer mirando, a interpretar, a completar el sentido de lo visto.

El sentido de la mirada no es unívoco. Ese paisaje se puede leer de muchas maneras: la atonía de un perfil urbano de una sociedad que se ha dejado hacer, la nostalgia del campo, la amenaza del descampado como expresión del “no lugar” o el desamayo de la luz en el cielo contaminado en contraste con el verde violento y fresco del campo. La mirada no se agota, la vista sí, cuando desaparece la luz. Y sin embargo cuando alguien dice que ha leído un libro no sabemos en qué sentido de leer lo ha hecho, como cuando alguien dice que ha visto una exposición de fotografía. Estamos a oscuras.

José Aurelio Martín

LOS SIGNOS BORRADOS

Borrar los signos para que aparezcan borrados, vaciados de sentido, como en hueco. Es un cartel amarillo en el que se puede adivinar la palabra “atención”. Un cartel de advertencia vaciado de sentido, en medio de un espacio que ni siquiera llega a campo. Su aspecto está mordido por el ácido urbano de alguna ciudad próxima y le da ese aspecto típicamente pardesco. Un arquitecto diría que ese espacio es un “no lugar”.

La palabra democracia es un signo que también han borrado minuciosamente con esprais, pinturas imprecisas, palabras incomprensibles, expresiones primitivas. Ni vemos casi la palabra “atención” que de color amarillo debiera anunciar la palabra “democracia”, atención que la democracia es frágil, atención que la democracia está siempre amenazada, atención que la palabra democracia puede ser secuestrada por los que tienen y ejercer el poder en su beneficio. Todas estas advertencias, y otras, se han borrado y ahora la democracia se muestra en hueco, recomido el sentido, vaciada.

El cartel de democracia como signo borrado está en medio de un espacio, el de nuestros países, cada vez más inhóspito. Cada vez con más color pardesco, reconcomido por el ácido y la contaminación. Los arquitectos no dirían de nuestros países que son “no lugares”, en cambio la poca humanización de los espacios, la falta de lugares para el encuentro y la reunión social, la mera función de las ciudades como almacenes de personas, los convierten cada vez más en “no lugares».

Cabría retomar el sentido recuperando minuciosamente y con cuidado los signos originales, los signos que tengan sin confusión un sentido mancomunado con el que todo el mundo pueda entenderse. Para eso, quizá, habría que recuperar primero el espacio humano y sólo entonces un cartel como ese de “atención” tendría entonces pleno sentido.

Jose Aurelio Martín

HERIDA URBANA

Las heridas se hacen costras, luego mutan en cicatrices y finalmente permanecen o desaparecen en la piel, según el tamaño y la profundidad de la herida. La falta de edificio en la foto es una cicatriz en la piel urbana, aunque seguro que si la calle perteneciera a un buen sitio, a una zona cara, es decir, a una parte rica de la ciudad, esa cicatriz desaparecería para siempre. Pero no, esa piel luce con dermis de barrio, con las ventanas pequeñas, tubos amarillos por fuera y un solo piso con aparato de aire acondicionado, porque yo puedo permitírmelo y soy la envidia de mi bloque en verano, cuando el calor nos arrincona en las sombras.

Esa cicatriz, no hay duda, permanecerá en la piel. Ya ha coformado sus estrías definitivas, su relieve especial cuando lo tocas. La ventana tapiada, por ejemplo, cuyas rejas figuran una osamenta recién florecida de la tierra, como cualquier fusilado de cualquier fosa común o de cualquier cuneta limpiado pacientemente a brochín. Asimismo, la puerta verde con una reja a modo de respiradero, como una cárcel de un país perdido, por donde echan la comida a los presos (perros) que aguardan la tajada, la monda o el hueso para roer. Es cicatriz, pero también con sus zonas agradables al tacto, que gusta repasar una y otra vez, descubriendo que es un relieve con que la vida te ha marcado y es exclusivamente tuyo, y lo tocas complacido, son los dinteles de ladrillo visto, tan coquetos, tan propios, tan complacidamente gustosos al tacto de la cicatriz urbana, por los que pasas una y otra vez, los que hacen de una cicatriz corriente una cicatriz única, una cicatriz tuya.

Con el tiempo, uno no reniega de las cicatrices, incluso aunque te atraviesen la cara como un relámpago gélido; uno se las toca, se las siente suyas, y cuando se las mira le entra incluso el picorcillo del orgullo. La cicatriz es una muestra de que ahí hubo algo, es un síntoma presente de una presencia del pasado. Es la rúbrica de la ausencia. Si desaparecen, desaparecen para siempre las pistas que reconstruyen una ausencia. Y de ahí al olvido de cabeza, o peor, a la desmemoria.

Jose Aurelio Martín

MÍTICOS

CAJADEABISMOS

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Aquí vienen dos hombres venidos directamente de la mitología, pueden ser dos profetas, pero también Moisés o Ulises, incluso si les ponemos una malla de cota pueden ser el Cid, nuestro Rodrigo Díaz de Vivar, el que primero colmó nuestra necesidad mítica en suelo hispánico, sea lo que sea, o lo que quieren que sea, ese suelo hispánico. Pero es que estos dos hombres, además, son mitos de su tiempo, del tiempo actual poscapitalista, posdemocrático, pos15m. Estos dos hombres son modelo de la lucha mítica contra la dictadura y en favor de la libertad, aquí, en el movedizo suelo hispánico, en la España nuestra.

Con un morral y unos pantalones cortos se puede hacer la revolución, pero no se puede hacer la revolución sin barba, eso es imposible, si tienes esa barba que ondea contra el tiempo, crecedera como los helechos arborescentes, ya estás preparado para levantarte contra los que tienen y ejercen el poder ciegamente. Ese pantalón corto, probablemente comprado en un rastrillo por su sacrificada mujer, o probablemente de su hijo que lo abandonó, pasado ya de moda, en el armario al irse de casa, no quita dignidad al personaje, antes bien, le da cierta ternura, cierta inocencia intacta sin la cual cualquier revolución sería imposible; las revoluciones ocurren primero en el corazón, en la sagrada inocencia primigenia del hombre.

El 15m sacó de la cama, de los armarios, de los sofás a todos los que un día creyeron en la lucha civil como manera de estar en este suelo que nos ha tocado, tan pecualiarmente  cruel contra sus hijos, tan repentinamente olvidadizo de las heridas, tan embriagado por la ilusión del brillo del dinero. Moisés y Ulises salieron entonces a la calle; uno en su cometido liberador de su pueblo contra la esclavitud de  Egipto y otro en su comisionado de recuperar su tierra, Itaca, y su mujer, Penélope, para que su hijo, Telémaco, tuviera siempre en el recuerdo una razón para ser un patriota. Y ahí están, en una encrucijada, no saben si ir a Atocha o a Sol, si con los viejos o con los jóvenes, si hacer la revolución o constituir un partido político…

Jose Aurelio Martín

SENTIR VOLVER

CAJADEABISMOS

La Caleta, Cádiz 2006

Los marineros embarcan para volver más que para partir, esa es su esperanza, su  razón de vida. Los veraneantes viajan para partir más que para volver, esa es su ilusión, la razón anual de sus vidas. Los marineros jubilados acuden al puerto para sentir volver cuando los barcos se van. Quieren sentir de nuevo lo que es volver porque nunca quieren partir definitivamente. Cuando embarcaban pensaban que podían no volver, lo que les hacía fuertes frente al viaje definitivo; ahora que no embarcan, que ven a otros partir, se descorazonan y sienten miedo de partir y no volver nunca.

Jose Aurelio Martín

JARDÍN URBANO DE FRASES

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Las frases crecen mal en los jardines urbanos: o se riegan mal o las pisotean misericordiosamente. En verano, además, se agostan. Pero este jardín en verano se mantiene bien, a pesar de la indiferencia de la multitud adulta que camina con mochila hacia adelante ajena a su florecimiento. Solo la niña ha reparado en las flores y corre a decírselo a su madre. Mamá, mira qué flor más bonita, es rosa y dice:  “se alquila esclavo económico”. Estas flores son cosas de mayores, niña. Ya mamá, pero mira qué bonita la amarilla, como un girasol abierto: “15m es movimiento, 15m es solución”. Los niños no deben mirar esas cosas, mira lo que pone ahí abajo, “NO”, eso es para que no las miren las niñas como tú. Por favor, mamá, con lo bonitas que son… Las flores de los jardines urbanos a veces se tuercen, como la rosa que dice: “a mí menos y más a  la banca dinero”, que terminará cayéndose marchita, como aquella blanca derribada en el suelo que apenas tiene vida para decir: “lucha”. Las frases de los jardines urbanos requieren funcionarios que las rieguen, que las cultiven y no las dejen morir, y también requieren que  la ciudadanía las respete y no pise sus flores.

Jose Aurelio Martín

EL NIÑO CON EL NÚMERO TATUADO

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Por la mañana, después de desayunar, el  padre cogió un rotulador de punta gorda y  dijo a su hijo que le iba a hacer un dibujo muy chulo en el brazo. El niño se puso como loco, por una vez le permitían pintarse el brazo. El padre disfrutaba rotulando la piel tierna y blanca del niño, sabiendo que había sido previsor ante cualquier eventualidad. No sabemos si ese número afanosamente escrito en el brazo es una previsión o un augurio. Probablemente el niño viva asfixiado en un mundo ordenado por largos números. Un número sin espacios, inmemorizable, que solo decodificarán las máquinas y entenderán los que tienen y defienden el poder. Es más cómodo ser un número largo, uno se siente mejor ordenado. Y es mejor tenerlo tatuado y visible, de forma que el número sea nuestra segunda piel. Solo entonces el mundo funcionará con la admiración que suscita una máquina, sin prisa pero sin pausa, con movimientos limpios y precisos. El padre entrenaba sin saberlo a su hijo para un futuro probable, con la inocencia de un padre que cree más en un futuro lejano que un presente que resuelve el futuro a cada momento. Aquel día, mientras rotulaba la piel de su hijo, defendería con otros en calles y plazas el futuro de su hijo y de los hijos de los que le rodeaban, lo cuales no todos llevarían previsoramente tatuado un número en el brazo.

Jose Aurelio Martín

CONTENIENDO LA RESPIRACIÓN

CAJADEABISMOS

 @cajadeabismos

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Este sistema funciona porque las gentes siempre caminan hacia adelante, a veces con duda, pero siempre avanzando, con pesar, pero adelante. Nadie se detiene, solo los niños o los enfermos terminales, pero nadie les hace caso, son cosas de la edad. Si este sistema funciona es porque nos han enseñado a caminar sin detenernos, y menos darnos la vuelta. Los que estos saben, los que de verdad tienen poder y deciden, los que tienen nombre y apellido ciertos (que no se llaman mercados o ataques especulativos), defienden que caminemos sin parar, que nunca paremos, que el destino es nuestro y el camino es largo y tortuoso, que ya queda menos para encontrar la luz en el camino. Pero esa niña rubia con gorra se ha dado inocentemente la vuelta y, de pronto, los señores con nombre y apellido ciertos del Banco Central Europeo han contenido la respiración.

Jose Aurelio Martín