HERIDA URBANA

 

Las heridas se hacen costras, luego mutan en cicatrices y finalmente permanecen o desaparecen en la piel, según el tamaño y la profundidad de la herida. La falta de edificio en la foto es una cicatriz en la piel urbana, aunque seguro que si la calle perteneciera a un buen sitio, a una zona cara, es decir, a una parte rica de la ciudad, esa cicatriz desaparecería para siempre. Pero no, esa piel luce con dermis de barrio, con las ventanas pequeñas, tubos amarillos por fuera y un solo piso con aparato de aire acondicionado, porque yo puedo permitírmelo y soy la envidia de mi bloque en verano, cuando el calor nos arrincona en las sombras.

Esa cicatriz, no hay duda, permanecerá en la piel. Ya ha coformado sus estrías definitivas, su relieve especial cuando lo tocas. La ventana tapiada, por ejemplo, cuyas rejas figuran una osamenta recién florecida de la tierra, como cualquier fusilado de cualquier fosa común o de cualquier cuneta limpiado pacientemente a brochín. Asimismo, la puerta verde con una reja a modo de respiradero, como una cárcel de un país perdido, por donde echan la comida a los presos (perros) que aguardan la tajada, la monda o el hueso para roer. Es cicatriz, pero también con sus zonas agradables al tacto, que gusta repasar una y otra vez, descubriendo que es un relieve con que la vida te ha marcado y es exclusivamente tuyo, y lo tocas complacido, son los dinteles de ladrillo visto, tan coquetos, tan propios, tan complacidamente gustosos al tacto de la cicatriz urbana, por los que pasas una y otra vez, los que hacen de una cicatriz corriente una cicatriz única, una cicatriz tuya.

Con el tiempo, uno no reniega de las cicatrices, incluso aunque te atraviesen la cara como un relámpago gélido; uno se las toca, se las siente suyas, y cuando se las mira le entra incluso el picorcillo del orgullo. La cicatriz es una muestra de que ahí hubo algo, es un síntoma presente de una presencia del pasado. Es la rúbrica de la ausencia. Si desaparecen, desaparecen para siempre las pistas que reconstruyen una ausencia. Y de ahí al olvido de cabeza, o peor, a la desmemoria.

Jose Aurelio Martín

Deja un comentario